10 de diciembre de 2010

Elogio de la Lectura y la Ficción

La conferencia Nobel de Mario Vargas Llosa




Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.

Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.

Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.

La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.

En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.

De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.

Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.

Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de África del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.

Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!

La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.

Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.

De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.

Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de cómo, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.

Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.

No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.

El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo–, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño –la llamábamos el Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.

El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.

Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfesable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.

Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.

Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.

10 de octubre de 2010

70 con John Lennon, 30 sin la Morsa


John Lennon a los 10 años

Alonso Arreola

Escuchar “Stand by Me” en la voz de John Lennon nos hace comprender su preponderancia ecuménica como intérprete, su capacidad para entender la obra de otros y hacerla propia no desde la virtud de la garganta sino desde la fuerza de la entraña. Nos hace mejores hombres. Escuchar “Mother” nos ayuda a entender la cuna del compositor, la desgracia familiar que tantas veces impulsó su creatividad, la necesidad de ser reconocido y querido por los otros. Nos hace mejores hombres. Escuchar “I am the Walrus” es reconocer lo poco que, finalmente, deben importar esos otros cuando de experimentar y buscar oro en el aire se trata. Nos hace mejores hombres. Escuchar “Beautiful Boy” es enternecerse ante un instante de amorosa privacidad universalizado por la belleza. Nos hace mejores hombres. Escuchar “God”… eso simplemente nos hace hombres.

En todos los casos, escuchar a John Lennon afecta, conmueve, pues hay algo en su timbre vocal intensamente unido a una visión vital. Hecho de cristales rotos, incluso cuando suena sereno parece un tanto desesperado, lo que no reduce su capacidad humorística dentro y fuera del estudio de grabación. ¡Cuán poco vemos esta dualidad en los artistas de nuestro tiempo! ¡Cuán poco se ha dado a lo largo de la historia! De Louis Armostrong a Thom Yorke pasando por Elvis Presley, Nina Simone, Ella Fitzgerald, Frank Sinatra, Bob Dylan, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison, entre otros, han sido escasas las figuras populares que prefirieron contar con el canto, en lugar de cantar el cuento. Esto es, apostar a la historia transportada por notas en lugar de estilizar melodías soportadas por letras que, aunque valiosas, terminan sobajadas o envilecidas con la superficialidad y el glamur. De ahí que muchos de los mejores cantantes no sean los más técnicos ni los más preparados. Pero bueno, esa es historia vieja y conocida. Feeling versus escuela.


Fotos: www.iloveyoujohn.com

Lo que hoy importa es recordar que John Lennon estaba en ese pequeño Olimpo. Que era un hombre-bala (un hombre-huevo) de los que cumplen distancia sin especulaciones, abriendo brecha con su puro hacer camino. Componiendo, tocando y cantando desde el fondo, apenas afectado en su inercia por la fama y el dinero, piezas obedientes en su tablero, en ese mundo que imaginaba podía ser mejor. Pero claro, tonto soñador, se equivocó. Aquí estamos celebrando su cumpleaños número setenta para la vida, su cumpleaños número treinta para la muerte, en un mundo… ¿peor? Y cosa rara: nacer en el ‘40 y morir a los cuarenta. Escribir en una libreta el nombre The Beatles en el año ‘60. Borrarlo en el ‘70. Cosa rara. Tanto como ser perseguido por la CIA y el gobierno estadunidense tras meterse a una cama con su esposa y no salir de ella en son de protesta mientras cantaba “Give Peace a Chance”. Tan raro como sus relaciones amorosas, sus movimientos geográficos y decisiones estéticas.

Nacido en Liverpool, Lennon aún no cumplía los veinte cuando ya estaba enamorado de la música skiffle (folk influenciado por el jazz, el blues y el country), al frente de proyectos como The Quarry Men, Johnny & The Moondogs y John & The Silver Beetles, que más tarde se convertiría en The Beatles. A propósito del género skiffle, vale la pena decir que otros músicos importantes, como Mick Jagger de los Rolling Stones, se formaron a la luz de sus acordes ganando experiencia y conocimientos para lo que después sería la “música beat”, importante contribuyente a la Invasión Británica. Así las cosas, diez años en los Fabulosos Cuatro y diez más en solitario le bastaron a Lennon para convertirse en leyenda esa noche de diciembre, cuando Mark David Chapman –a quien le negaron la libertad por tercera ocasión en estos días– decidió acabar con su vida en Nueva York.

Como parte de los homenajes que se planean en el mundo entero desde octubre y hasta diciembre de este año, destaca el lanzamiento de la caja de discos Power to the People: The Hits Gimme Some Truth, que incluye trece álbumes, entre los que se hallan siete en estudio remasterizados, más trece piezas inéditas grabadas en casa con anotaciones de Yoko Ono, Sean y Julian Lennon. Asimismo, los conciertos del 1 y 2 de octubre en el teatro Orpheum de Los Ángeles a cargo de la Plastic Ono Band, Eric Clapton, Iggy Pop, Lady Gaga y demás invitados de distintas generaciones, resultan memorables por obvias y justas razones. Las ganancias de tales eventos, por cierto, serán donadas a la Playing for Change Foundation, organización benéfica que promueve la paz construyendo escuelas de música en el mundo en desarrollo.

Pero los festejos no acaban ahí. También está la exhibición John Lennon, Songwriter, en el Grammy Museum de Los Ángeles, para la cual se han reunido guitarras, letras, dibujos, trajes y otros objetos del compositor, así como videos desconocidos de sus primeras bandas, poco antes de formar los Beatles. Igualmente está a punto de salir el libro Starting Over, The Making of Double Fantasy, del músico y autor Ken Sharp. A ello debemos sumar la película biográfica Nowhere Boy, del artista Sam Taylor-Wood, salida recientemente, así como el documental LennonNYC, con imágenes poco vistas de su vida en la Gran Manzana; este último también está por estrenarse. Y si fuera poco, justo el día del cumpleaños de John, Yoko Ono estará en Islandia encendiendo el monumento Imagine Peace Tower, ubicado en la isla de Vioey, cerca de Reykjavik. Múltiples actividades que sin duda renovarán la obra en torno a una de las mayores figuras de la cultura del siglo XX que, en palabras del biógrafo Anthony DeCurtis, “sobrevivirá como una voz incansable de cambio y pensamiento independiente, como un enemigo del status quo”, lo que hoy, pensado con la cabeza fría, pasadas sus muchas contradicciones, sus errores de juicio y neurosis extraordinarias, podemos decir que nos hizo mejores hombres.

Más allá de todas estas acciones de aniversario, empero, nunca habrá mejor homenaje que el que un artista hace a otro. Por ello, y a manera de despedida, citamos un fragmento de la pocas veces recordada “Life is Real (Song for Lennon)”, compuesta por Freddy Mercury para Queen en 1982 como tributo al desaparecido John: “Life is real, life is real, life is real. Music will be my mistress. Loving like a whore. Lennon is a genius. Living in every pore. Life is real, life is real, life is real, so real. Life is cruel. Life is a bitch. Life is real, so real.”

9 de octubre de 2010

9 OCT: Día del Guerrillero heróico.

Homenaje a Ernesto Che Guevara
Foto
Niños de todas las escuelas cubanas se sumaron ayer a la conmemoración por el 43 aniversario, que se cumple hoy, de la ejecución de Ernesto Che Guevara, ocurrida en la localidad montañosa boliviana de La HigueraFoto Reuters
Pl, Afp y Dpa
Periódico La Jornada
Sábado 9 de octubre de 2010, p. 21

La Higuera, 8 de octubre. Mujeres y hombres de varios países de América Latina viajaron hoy hasta esta remota localidad montañosa del este de Bolivia para rendir homenaje al revolucionario argentino-cubano, Ernesto Che Guevara, en el mismo sitio donde fue ejecutado sumariamente por tropas del gobierno militar boliviano de entonces, el 9 de octubre de 1967.

Cubanos, venezolanos, bolivianos, argentinos, chilenos, ecuatorianos y brasileños, entre otros participantes en un foro internacional, recorrerán sitios de esta región donde establecieron su base los combatientes de la organización guerrillera boliviana Ñancahuazú, en la que participaba el Che.

En el homenaje participan los integrantes de las misiones diplomática, médica, educativa y de trabajadores sociales de Cuba y Venezuela que colaboran con el gobierno del presidente boliviano Evo Morales.

La víspera, los participantes en los actos de recordación de la gesta recorrieron en el pueblo de Vallegrande el mausoleo que guardó los restos del Che y sus colaboradores por 30 años, así como el Hospital Nuestro Señor de Malta, donde sus asesinos lavaron y expusieron su cadáver en 1967.

Este aniversario del fallecimiento del revolucionario coincidió con el estreno del documental Che. Un hombre nuevo, dirigido por el cineasta argentino tristán Bauer.

La cinta se presentó simultáneamente el jueves en Cuba y Argentina y en ella se pueden escuchar grabaciones inéditas de la voz de Guevara cuando se despidió de su esposa Aleida, antes de viajar al Congo a encabezar un movimiento insurgente.

Y ahora para ti, Aleida, lo más íntimamente mío, lo más íntimo de los dos, dice el Che en la grabación cedida por la viuda para la elaboración del documental, en el cual se le escucha recitar poemas del peruano César Vallejo y del chileno Pablo Neruda.

Resultado de una investigación de 12 años, la cinta ofrece una nueva mirada hacia la intimidad del Che a través de sus escritos, contenidos en cuadernos de raya en los que de niño anotaba lo que leía de los escritores Emilio Salgari, Óscar Wilde, Julio Verne, así como en libretas pequeñas donde anotó sus ideas para crear al hombre del siglo XXI.

1 de octubre de 2010

Mostrar la realidad le cuesta la vida

El fotoperiodista español Christian Poveda fue asesinado en El Salvador poco después de concluir un documental sobre una pandilla Mara. Hoy se estrena su trabajo








(Christian Poveda pasó 18 meses grabando a miembros de la Mara 18 en El Salvador)








Durante 16 meses, el fotoperiodista hispano-francés Christian Poveda le dio seguimiento a las vidas de un grupo de jóvenes miembros de la pandilla Mara 18. Surgida en la calle 18 de Los Ángeles, EUA, esta banda es una de las más violentas que hay en El Salvador, de donde eran originarios sus fundadores.

Bajo el nombre de La vida loca, el documental de Poveda busca exhibir la realidad de quienes forman parte de estas pandillas. Sin caer en prejuicios ni en conclusiones de tipo moral, este trabajo sumerge a su público en la problemática humana que viven los jóvenes habitantes de los barrios marginales de Centroamérica.

Poco después de concluido su documental, Poveda fue asesinado a tiros en la localidad de Apopa, a las afueras de San Salvador. Cerca de ahí había trabajado en su filme. Entre los sospechosos, fueron detenidos cinco integrantes de la pandilla Mara 18. Así lo informó el periódico español El País.

En entrevista para el programa de televisión "Punto de Partida", el productor de La vida loca, Emilio Maillé, aceptó que, de no haber ido a trabajar con los maras, su compañero Christian Poveda "seguiría vivo". El homicidio ocurrió en septiembre de 2009, casi un año después de que Poveda se había alejado de El Salvador.

Comenzó a trabajar con la Mara 18 a propósito de una colección fotográfica. Primero logró que miembros presos dejaran que los retratara, después siguió con integrantes libres y terminó consiguiendo que accedieran a que les grabara un documental.

Para Poveda, mostrar la realidad de los maras era un intento de ayudarlos para que salieran de la "vida miserable en la que habían nacido", según sus propias palabras, retomadas por el diario El País.

Este viernes 1° de octubre se estrena La vida loca en más de una decena de salas de cine comerciales de México. Previamente, este documental se ha exhibido en la Cineteca Nacional y en festivales de España, Francia y Hungría.

23 de septiembre de 2010

Los demos perdidos de Rockdrigo

Del Rock & Blog

Rubén Castro

Le dicen el Bob Dylan mexicano. El verdadero autor de la canción Metro Balderas -luego alterada y reinterpretada por El Tri- así como de No Tengo Tiempo, mejor conocida por las versiones de Heavy Nopal y otros roqueros "urbanos".

Apenas este fin de semana se cumplieron ya 25 años desde su fallecimiento. Lo mató el terremoto de 1985, aplastado por los escombros de su casa en la colonia Juárez. El chiste negro popularizó: "fue un pasón de cemento".

A su hija Amanda Lalena -hoy Amandititita- le reprochan inventar su "anarcumbia" en lugar de respetar la obra acústica de su padre. Y en parte por su prematuro deceso, los detractores consideran a Rockdrigo sobrevaluado, incluso con menor talento que su compañero "rupestre" Jaime López.

Pese a todo, el apodado Profeta del Nopal se ha convertido en referencia obligada en la historia del rock nacional. Acompañado únicamente de guitarra, armónica y el "cogote", sus crónicas sobre el Distrito Federal -cual Chava Flores roquero- permanecen aún en el imaginario de los escuchas.

Aunque bueno, no todas esas crónicas son conocidas por el público. Persiste en pleno año 2010 una polémica -que no leyenda urbana- alrededor de las inexploradas grabaciones caseras de Rodrigo González, aún en poder de José Xavier Návar, por cierto columnista de este periódico.

La historia inicia unos días antes de que Rockdrigo pereciera, justo cuando José Xavier -entonces jefe de prensa de Warner Music- lo convenciera de firmar para la disquera. Aunque renuente al principio, el músico le entregó unas sesenta rolas, entre inéditos y rarezas, para que fueran consideradas por los ejecutivos de ese sello discográfico.

Y desde entonces, tanto seguidores como medios de comunicación, se mantienen a la expectativa de lo que podría suceder con tales demos. A continuación, una entrevista con el involucrado...


Návar, el poseedor de los demos

Oriundo de Tampico, Rodrigo Eduardo González Guzmán nació en 1950 y junto con otros músicos como Rafael Catana, Nina Galindo y Armando Rosas promovió el denominado "movimiento rupestre" a principios de los años 80, una propuesta de rock básico, sin guitarras eléctricas y letras de inspiración urbana.

José Xavier Návar lo conocía bien. Y fue el armónica de El Tri, Rafa Salgado, el que presentó al músico con el hoy periodista. Návar y González (ver foto) se encontraron en distintas ocasiones en el Tianguis del Chopo y luego platicaron sobre los demos en un restaurante cercano al Monumento a la Revolución.

Para el mediodía del 19 de septiembre de 1985, Rodrigo no contestaba el teléfono. "Todas las líneas están mal " se imaginó Xavier, hasta que en bicicleta arribó al domicilio del guitarrista. "Se había caído el edificio, ahí murió".

Návar platicó en principio con el padre del compositor, quien exigió le entregara las cintas para explotarlas de manera independiente. José Xavier se negó y decidió guardarlas mientras no tuviera certeza jurídica sobre a quién le pertenecían los derechos. "Se expresaba súper mal de él. Uno de los enemigos principales de Rodrigo era su papá, y ahora sí quiso aprovechar".

Amigos del desaparecido compositor también se interesaron. "Hasta los mismos rupestres me ofrecieron dinero por las cintas y no las saqué".

- Pero han transcurrido más de dos décadas ¿Por qué no sacar ya a la luz esas grabaciones para el disfrute de sus admiradores?
- Porque si las sacas y haces una copia, al rato todo el mundo -como estamos en el paraíso de la piratería-podría tenerlo. No lo he sacado porque aparte implican cosas legales y eso, sobre de quién son las cintas".

Apenas este fin de semana en la edición 1768 del semanario Proceso, la hermana del rupestre, Genoveva González, declaró que José Xavier le había advertido hace tres años que "las cintas me las regaló a mí" y sentenció: "no sé qué quiere el señor este, y si es un chiste suyo, no lo entiendo".

Návar niega que haya pronunciado el término "regalar" y se defiende: "a mí Rodrigo me los dio, yo los procesé con un amigo que es Francisco Miranda de Estudio 19, él las puso en una cinta". No obstante "alguna vez viendo si las podíamos sacar, era mucho problema, porque todo mundo es dueño de las cintas, de su familia todo mundo dice que es el dueño, el albacea".

Para el entrevistado, la heredera de los demos debe ser la hija Amanda Lalena. "Yo le dije que tenía unas cintas de su papá, entonces cuando se solucionen todos los problemas legales, pues yo las saco, se las doy". Y aclara: "¿cuánto puedo ganar? pues nada, pero si las sacas, te demandan y es una bronca".


¿Qué contienen las cintas?

En vida, Rodrigo González editó solamente un casete de nombre Hurbanistorias, que contenía una docena de rolas, entre ellas, Perro en el Periférico (audio) Balada del Asalariado y Vieja Ciudad de Hierro.

Luego de la tragedia de 1985, Ediciones Pentagrama publicó cuatro discos: la reedición en LP de Hurbanistorias; El Profeta del Nopal, de 1986; Aventuras en el Defe, para 1989, así como No Estoy Loco, de 1992.

José Xavier Návar explica al autor de este blog que los demos en su poder contienen 67 canciones, entre inéditos y versiones de temas ya conocidos. "El Metro Balderas con una letra que podía poner en otro ritmo; serían así como los rarities de Rockdrigo".

- Algunos manejan que en realidad son las sesiones de Radio Educación ya descubiertas.
- Una vez creo dijo Fausto: a sí, es que ya sé qué es eso, son las que te dio, pues yo las hice. Pero entonces ¿por qué todo mundo las pelea?

"Hay otras cosas más que poca gente sabe: cuando murió Rodrigo, el canal 13 -no existía TV Azteca ni nada- le iba a hacer un programa especial y se lo encomendó a José Buil (guionista de Perfume de Violetas) para hacer un documental. A la mera hora el canal se echó para atrás y a él ya le habían dado pietaje de cosas de Rodrigo. Ahí se producía un programa que se llamaba Flores de Asfalto. Hicieron uno con Rodrigo, pero para lograr ese programa se pasaron muchas horas grabando con él, porque el día que fue iba medio bien servido. Entonces repitieron mucho la misma toma, como el Let It Be de Rockdrigo. Tocó no sé cuántas veces el Metro Balderas, El ET, lo que fuera. Eso se lo dieron a Buil y él sacó una copia de eso, o sea que también existe un material inédito de muchas tomas alternas de la misma canción".

Por si fuera poco, existió una pieza que predijo la propia muerte del cantautor, al parecer en un curioso palomazo:

"En los 80 se hicieron unos conciertos en el Teatro Helénico. Estuvo Chac Mool, Briseño, Jaime López, Alain Derbez y Rodrigo González en un mismo programa. Los conciertos fueron un fracaso en cuestión de meter dinero. Pero cuando tocó Rodrigo, López y Alain, se echaron una canción que se llama El Rock Del Difunto... y luego se murió. Y esa la tengo. Es una cosa muy rara, porque fue captada con una grabadora Sanyo de mano. Fue premonitorio para lo que le pasó después a Rodrigo".

- En términos monetarios ¿qué tan valioso es el material que resguardas?
- Iba a grabar en Warner, entonces ¿cuántos discos pudo haber vendido Rodrigo en una trasnacional? ¿20 mil?

José Xavier destaca que "mucha gente lucró con el material de Rodrigo; entonces a mí me pueden acusar de que las tengo y no las quiero soltar... pero yo jamás he cobrado un peso".

El periodista insiste en que es la hija con quien se debe digitalizar los casetes. Pero Amanda Lalena vive ahora en Los Angeles, ausente ya de los homenajes montados para su progenitor, cansada con las comparaciones y los ataques de los fanáticos rupestres (ver entrevista de este diario).

De esta manera, podríamos apreciar en algunos años, quizás otros 25 más, una compilación con material virgen del legendario cronista de los chilangos. A saber...


* A manera de posdata: este fin de semana se organizaron tocadas en honor al Profeta del Nopal, tanto en la Feria del Disco Independiente como en el Jardín Hidalgo de la Delegación Azcapotzalco (ver nota).

Mientras tanto, la iniciativa Una llave para Rockdrigo reúne fondos para levantar una estatua de bronce de tamaño natural. En tanto que el cineasta Julio César Estrada (director de El Libro de Piedra) planea rodar en 2011 una película de ficción.

¿Quién dijo que murió Rockdrigo?

19 de septiembre de 2010

Disco de la Semana: BIMexicano. Nuestros clásicos hechos Rock (2010)

Ha habido muchas celebraciones por el bicentenario de la independencia de México y el centenario de la revolución mexicana. Ahora, un disco resalta a rockeros y cantantes como Jaguares, Enrique Bunbury, Aterciopelados y Kinky interpretando clásicos de ese país.

"Bimexicano: Nuestros clásicos hechos rock", incluye 12 interpretaciones modernas de temas tradicionales mexicanos, como "La Llorona", "El rey", "De qué manera te olvido", "Sombras", "Bésame mucho" y "Cucurrucucú paloma".

En el tema "Sombras", la banda mexicana Kinky le inyecta su ritmo de mex-electrónica al bolero "Sombras nada más", mientras que la voz de Saúl Hernández le da un toque profundo y misterioso a "La Martiniana", que interpreta el grupo mexicano Jaguares con el acompañamiento de David Hidalgo, líder de la banda chicana Los Lobos.

El grupo mexicano Jumbo ofrece una versión pop muy cantable, en escala menor, de "De qué manera te olvido", mientras que la mexicana Sussie 4 canta "Bésame mucho" al estilo jazz, sobre acordes de sintetizador.

El dúo colombiano Aterciopelados y el español Bunbury rinden tributo al icono mexicano José Alfredo Jiménez con "Un mundo raro" y "Vámonos", respectivamente; mientras que el argentino Señor Flavio, de Los Fabulosos Cadillacs, canta "El son de la negra".

Completan el disco los mexicanos Yo Camaleón tocando "Cucurrucucú paloma", Ely Guerra interpretando "La Llorona", Le Baron con "El rey", Natalia Lafourcade cantando "La cigarra" y Hello Seahorse! entonando "Cielo rojo".

Acá se los dejo.



Salvador Allende: el pasado no pasa

La Jornada

Escultura del artista chileno Carlos Altamirano; expuesta en la plaza de La Moneda; que representa los anteojos del depuesto presidente Salvador Allende

Marco Antonio Campos

El 4 de septiembre de 1970 y el 11 septiembre del 1973 están para siempre en la memoria soterrada o abierta de los chilenos: el día cuatro se cumplen cuarenta años de la victoria en las urnas de la Unidad Popular encabezada por Salvador Allende Gossens, y el día once, treinta y siete del cruento golpe militar y la muerte del presidente. No conozco mejor documental fílmico sobre el ex presidente chileno –sobrio, intenso, dramático– que el realizado por Patricio Guzmán, el cual se llama así, a secas, Salvador Allende, patrocinado por la Universidad de Guadalajara y cuatro instituciones europeas. Me gustaría en estas páginas hablar de él.

Hay algo, a veces una experiencia muy breve en el tiempo, conocimiento de personas o hechos vividos, que sellan para siempre. “El pasado no pasa”, repite Patricio Guzmán en varios momentos del documental. A él, que filmó al presidente y los rostros del pueblo durante los años de gobierno de la Unidad Popular (1970-1973), esos años no han dejado de perseguirlo. En entrevistas hechas a diversos actores de la época –amigos, políticos, hijas, militantes, opositores–, Allende marcó, para el entusiasmo fervoroso o el odio furibundo, a toda la sociedad chilena, pese al silencio que del que lo han querido rodear las clases altas y mucha de la clase media. “El pasado no pasa.” En Guzmán, como en muchos chilenos, Allende vive al cien por ciento; en otros menos, mucho menos o poco. “Salvador Allende marcó mi vida”, dice Guzmán. Significó para él la utopía por un mundo más justo y más libre. De mi parte diría que nada marcó más mi juventud que el ’68 mexicano y el proceso democrático chileno al socialismo, y ningún político latinoamericano despertó en mí tanto fervor y tanta admiración en la segunda mitad del siglo como Allende.


Salvador Allende en el Tren de la victoria, en la campaña presidencial de 1958

Desde el principio el documental adquiere raíces de tragedia shakesperiana. Las únicas pertenencias que quedaron de Allende y las cuales estaban en sus ropas el día del golpe –de entrada las muestra Guzmán– son la cartera, el reloj, el carnet del Partido Socialista, una pequeña bandera chilena, un guarda peines con sus iniciales (s. a. g.). Ningún lujo. En todos los museos chilenos sólo queda, aunque parezca increíble, un solo objeto de él: la mitad del armazón de sus anteojos con el cristal astillado y salpicado de sangre, recogido luego del bombardeo a La Moneda el 11 de septiembre. ¿Por qué quedó sólo eso? Ante todo, supongo, porque también la residencia del presidente de la calle Tomás Moro, con su esposa Hortensia dentro, aun sabiendo que Allende se encontraba en La Moneda, a las mismas horas la ametralló el ejército, y la casa la saquearon los soldados y… los vecinos. Basta recordar que Hortensia Bussi llegó al exilio mexicano apenas con lo mínimo.

Teniendo pródigos filones el documental, me detendré en unos pocos. El primero, son tres historias que, de no ser reales, parecerían argumentos para cuentos mágicos. Una, la del Mono González, líder de las brigadas muralistas o callejeras, quien con su equipo, desde los años de la Unidad Popular, tenían la consigna de llenar de graffiti sobre Allende todo el territorio. Su dialéctica era muy sencilla: “Si los medios de comunicación están en manos de la derecha, los muros de todo el país les pertenecen a Allende y al pueblo.” Clandestinamente, el Mono González siguió haciendo la tarea en los diecisiete años de la dictadura y la continuó después del regreso a la democracia. Otra, la de la pintora Emma Malig, muy apegada a la figura de Allende, que luego del golpe debió exiliarse. Emma le muestra a Patricio una pintura que representa el destierro: Chile no es un país sino pequeñas islas que cada uno inventa. Íntimamente acompaña a Emma desde entonces una carta que le respondió Allende cuando subió a la presidencia. La última historia es la de la madre de leche de Allende, Mamá Rosa, quien enterró el álbum donde están las fotografías que sacaron cuando el presidente la visitó en su casa en su cumpleaños noventa y dos, y su hija Anita lo desenterró dos décadas después, con muchas de las imágenes carcomidas o borradas a medias. Es una metáfora dramática: una familia protegió un instante único del pasado contra la depredación pinochetista que trataba de borrar todo vestigio relacionado con Allende.

Preferible un cínico que dice la verdad a un mentiroso que trata de decorarla. Son impresionantemente sinceras las contestaciones de Edward Korry, embajador estadunidense en Chile en esos años, a una periodista –me parece–estadunidense. Desde antes de que Allende subiera a la presidencia, desde cuando asesina un comando de la cia y de oficiales chilenos al general René Schneider, hasta el golpe de Estado el 11 de septiembre, la pareja Nixon-Kissinger utilizó todos los medios a su alcance para buscar la ingobernabilidad y la caída del gobierno de la Unidad Popular. Nixon odiaba rabiosamente a Allende y vociferaba dando puñetazos en la mesa –recuerda Korry– llamándolo “hijo de puta” y “bastardo”. No lo aceptaban, porque en esos años de la Guerra fría Allende era hostil a Estados Unidos por su proximidad a Fidel Castro, porque veían en su gobierno un “fidelismo sin Fidel” y temían un eje La Habana-Santiago y, claro, porque era –designaciones que tenían escaso sustento– “socialista, marxista y leninista”. ¿Era el “primer presidente marxista” elegido por el voto del pueblo? ¿Era leninista? Ni marxista ni leninista, apunta Pedro Vuskovic, un marxista que fue colaborador muy próximo a él: Allende no creía en principios básicos del marxismo y el leninismo como el partido único y la dictadura del proletariado. Allende, puntualiza Vuskovic, era “un hombre de la revolución francesa”, y creía plenamente en sus tres principios. No sólo Nixon y Kissinger: para la desestabilización y caída del gobierno de la Unidad Popular intervinieron significativamente las grandes corporaciones trasnacionales, en especial la itt (International Telephone and Telegraph) y las compañías mineras nacionalizadas, y dentro de Chile, la ultraderecha, organizando las huelgas patronales, los paramilitares de Patria y Libertad, con sus cientos de atentados, y al final, el abandono de la Democracia Cristiana, las divisiones significativamente drásticas de la izquierda, y desde luego, la traición de las fuerzas armadas. En particular, en junio, luego del primer intento de golpe de Estado, la izquierda se desunió y desorganizó, nadie oía a nadie y cada quien iba por su lado. Los más radicales exigían una mayor radicalización en las reformas, un enfrentamiento de clase más decidido contra la burguesía y armar al pueblo; algo impensable si se sabía del legalismo de Allende.

En el colmo del cinismo, cuando la periodista le pregunta sobre qué opina de la muerte de Allende, Edward Korry señala sonriente: “Uno sólo cosecha lo que ha sembrado.” Y añade que si bien era un hombre “extraordinariamente civilizado”, si no hubiera sido un admirador de los dioses del socialismo, habría aceptado las propuestas de Estados Unidos. En ese aspecto, Korry tampoco entendió el temple moral del presidente chileno; Allende jamás lo habría aceptado. Si bien, como el propio Allende decía de sí mismo en sus discursos finales, no tenía pasta de apóstol, ni de mesías, ni de mártir, había algo en su personalidad que lo llevaba a eso. Era un hombre de principios, no un traidor ni un pragmático.

Por eso, para finalizar me gustaría citar aquí a Volodia Teitelboim, ex presidente del Partido Comunista Chileno, quien le sintetiza a Guzmán que a Allende en Chile ha querido borrársele porque representa “un golpe a la conciencia”, y en eso ante todo, por representar y ser una lección ética para quienes no la tuvieron ni tienen ninguna.

11 de septiembre de 2010

Un 11 de septiembre...

Santiago de Chile
11 de septiembre de 1973

7:55 A.M. Radio Corporación

Habla el presidente de la República desde el Palacio de La Moneda. Informaciones confirmadas señalan que un sector de la marinería habría aislado Valparaíso y que la ciudad estaría ocupada, lo que significa un levantamiento contra el Gobierno, del Gobierno legítimamente constituido, del Gobierno que está amparado por la ley y la voluntad del ciudadano.

En estas circunstancias, llamo a todos los trabajadores. Que ocupen sus puestos de trabajo, que concurran a sus fábricas, que mantengan la calma y serenidad. Hasta este momento en Santiago no se ha producido ningún movimiento extraordinario de tropas y, según me ha informado el jefe de la Guarnición, Santiago estaría acuartelado y normal.

En todo caso yo estoy aquí, en el Palacio de Gobierno, y me quedaré aquí defendiendo al Gobierno que represento por voluntad del pueblo. Lo que deseo, esencialmente, es que los trabajadores estén atentos, vigilantes y que eviten provocaciones. Como primera etapa tenemos que ver la respuesta, que espero sea positiva, de los soldados de la Patria, que han jurado defender el régimen establecido que es la expresión de la voluntad ciudadana, y que cumplirán con la doctrina que prestigió a Chile y le prestigia el profesionalismo de las Fuerzas Armadas. En estas circunstancias, tengo la certeza de que los soldados sabrán cumplir con su obligación. De todas maneras, el pueblo y los trabajadores, fundamentalmente, deben estar movilizados activamente, pero en sus sitios de trabajo, escuchando el llamado que pueda hacerle y las instrucciones que les dé el compañero presidente de la República.

8:15 A.M.

Trabajadores de Chile:

Les habla el presidente de la República. Las noticias que tenemos hasta estos instantes nos revelan la existencia de una insurrección de la Marina en la Provincia de Valparaíso. He ordenado que las tropas del Ejército se dirijan a Valparaíso para sofocar este intento golpista. Deben esperar la instrucciones que emanan de la Presidencia. Tengan la seguridad de que el Presidente permanecerá en el Palacio de La Moneda defendiendo el Gobierno de los Trabajadores. Tengan la certeza que haré respetar la voluntad del pueblo que me entregara el mando de la nación hasta el 4 de Noviembre de 1976. Deben permanecer atentos en sus sitios de trabajo a la espera de mis informaciones. Las fuerzas leales respetando el juramento hecho a las autoridades, junto a los trabajadores organizados, aplastarán el golpe fascista que amenaza a la Patria.

8:45 A.M.

Compañeros que me escuchan:

La situación es crítica, hacemos frente a un golpe de Estado en que participan la mayoría de las Fuerzas Armadas. En esta hora aciaga quiero recordarles algunas de mis palabras dichas el año 1971, se las digo con calma, con absoluta tranquilidad, yo no tengo pasta de apóstol ni de mesías. No tengo condiciones de mártir, soy un luchador social que cumple una tarea que el pueblo me ha dado. Pero que lo entiendan aquellos que quieren retrotraer la historia y desconocer la voluntad mayoritaria de Chile; sin tener carne de mártir, no daré un paso atrás. Que lo sepan, que lo oigan, que se lo graben profundamente: dejaré La Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera, defenderé esta revolución chilena y defenderé el Gobierno porque es el mandato que el pueblo me ha entregado. No tengo otra alternativa. Sólo acribillándome a balazos podrán impedir la voluntad que es hacer cumplir el programa del pueblo. Si me asesinan, el pueblo seguirá su ruta, seguirá el camino con la diferencia quizás que las cosas serán mucho más duras, mucho más violentas, porque será una lección objetiva muy clara para las masas de que esta gente no se detiene ante nada. Yo tenía contabilizada esta posibilidad, no la ofrezco ni la facilito. El proceso social no va a desaparecer porque desaparece un dirigente. Podrá demorarse, podrá prolongarse, pero a la postre no podrá detenerse. Compañeros, permanezcan atentos a las informaciones en sus sitios de trabajo, que el compañero Presidente no abandonará a su pueblo ni su sitio de trabajo. Permaneceré aquí en La Moneda inclusive a costa de mi propia vida.

9:03 A.M. Radio Magallanes

En estos momentos pasan los aviones. Es posible que nos acribillen. Pero que sepan que aquí estamos, por lo menos con nuestro ejemplo, que en este país hay hombres que saben cumplir con la obligación que tienen. Yo lo haré por mandato del pueblo y por mandato conciente de un Presidente que tiene la dignidad del cargo entregado por su pueblo en elecciones libres y democráticas. En nombre de los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la Patria, los llamo a ustedes para decirles que tengan fe. La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un momento duro y difícil: es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de una vida mejor.

Pagaré con mi vida la defensa de los principios que son caros a esta Patria. Caerá un baldón sobre aquellos que han vulnerado sus compromisos, faltando a su palabra... rota la doctrina de las Fuerzas Armadas.

El pueblo debe estar alerta y vigilante. No debe dejarse provocar, ni debe dejarse masacrar, pero también debe defender sus conquistas. Debe defender el derecho a construir con su esfuerzo una vida digna y mejor.

9:10 A.M.

Seguramente ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Postales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción Que sean ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron: soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino, que se ha autodesignado comandante de la Armada, más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al Gobierno, y que también se ha autodenominado Director General de carabineros. Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

Trabajadores de mi Patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara el general Schneider y reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.

Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la abuela que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas que siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clases para defender también las ventajas de una sociedad capitalista de unos pocos.

Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo lo oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará.

Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria.

El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.

Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!

Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

5 de septiembre de 2010

Sin cambios en 23 años, problemas de jóvenes en México: Castillo Berthier

Persiste la represión y la estigmatización, afirma el sociólogo

Todo se distorsiona con una policía corrupta, dice director de El Circo Volador

Gustavo Castillo García
Periódico La Jornada
Domingo 5 de septiembre de 2010, p. 8

En el primer año descubrimos que la escuela no funcionaba, que el empleo no alcanzaba, que la familia se había desarticulado, que su cultura no era la misma y que la relación con el gobierno era a través de la policía. Y cuando tienes una policía corrupta, se distorsiona todo; 60 por ciento de la población tiene menos de 29 años, de éstos, 40 por ciento son pobres o muy, muy, muy pobres de plano, y aparte están estigmatizados: ¡ay, claro!, son bandas, pandilleros, asesinos, drogadictos, alcohólicos, violadores, eso descubrió Héctor Castillo Berthier en 1987 tras un primer año de investigación sobre la problemática de los jóvenes y las bandas juveniles que existían en la ciudad de México.

El panorama a 23 años de distancia es el mismo y no sólo en el Distrito Federal, sino en todo el país, aunque existen algunos intentos gubernamentales en la capital mexicana por revertir la situación.

Castillo Berthier, sociólogo de profesión, ha desarrollado sus trabajos en la práctica: ha sido barrendero, pepenador, diablero en La Merced y en la Central de Abasto, y también chavo banda, para conocer a profundidad la problemática de cada sector.

Coordinador del Centro de Estudios sobre la Juventud del Instituto de Investigaciones Sociales, presume con orgullo que la sociología mexicana, la misma que se aplica en El Circo Volador, ha sido reconocida por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y es parte de la que se aplica en Brasil, en el Programa Nacional de Seguridad Pública con Ciudadanía, que ha convertido las favelas más violentas en zonas de paz.

De Los Panchitos al circo

La investigación acerca de los chavos banda inició como un reto para el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y partió de “una solicitud del entonces jefe del Departamento de Distrito Federal, Ramón Aguirre, luego del terremoto del 85, y en 1987 tenía una bronca fenomenal con las bandas juveniles de la ciudad de México, entre ellas los famosos Panchitos.

“Los jóvenes se estaban matando, la policía los estaba matando, había detenciones ilegales los fines de semana, razzias, apañones, operativos dispan (dispersión de pandillas).

“Entonces Ramón Aguirre le preguntó a su coordinador de asesores, Benito Coquet: ‘¿y qué hemos hecho por los jóvenes?’, y no había nada. La única política que existía para los jóvenes era represiva.

“En 1987 ya existían mil 500 nombres: Los Nazis, Mocos, Cerdos, Los Verdugos, Bastardos, Amibas, Niños Idos, Ex Leprosos... ya sabes, puros nombres autodevaluatorios. Mil 500 grupos dentro del Distrito Federal, ubicados en zonas perfectamente delimitadas.

“Entonces le dije a Coquet: para entrar en contacto con todos estos chavos necesito un medio de comunicación al que puedan acceder todos. Lo único que se tenía era la posibilidad de tener una estación de radio. Entonces nos prestaron Estéreo Joven, en el 105.7 de FM, que se transformó con esta orientación popular de los chavos y se empezó a pasar música de El Haragán, Tex Tex, de todos estos. Incluso al Tri, que en ese tiempo ni siquiera estaba en la radio.

“En un mes logramos tener más o menos una identificación de 30 por ciento de las zonas principales de estos grupos, pero ya con nombres. Entonces empecé a ir a los lugares a buscar a estos nombres que me habían llamado para invitarlos a un programa que hacíamos los sábados de 10 de la noche a 2 de la mañana, que era la hora de mayor violencia, la hora de los apañones. El programa se llamaba Sólo para Bandas.

“Empezamos a construir una red de comunicación, estábamos ganando su confianza y haciendo actividades. Todos los días de la semana me iba a los barrios en las mañanas a buscar a estos chavos. A ver qué está pasando. Y lo que descubrí es que tenían unos grafitis muy buenos, música, les gustaba escribir.

“Éramos un grupito, otros seis y yo, todos teníamos apodos de animales: El Perro, El Pato, El Animal Oscuro, El Gallo, El Caballo. Dijimos: es como un zoológico. Nooooo, es como un circo, como un circo volador que anda de un barrio para otro. Se le quedó el nombre como un proyecto de investigación aplicada, porque finalmente como sociólogo fui registrando cuidadosamente todas las manifestaciones y las acomodé.

“Luego de cuatro años vino el arranque de una segunda fase del proyecto que se llamó Juventud Popular, Sus Medios y sus Efectos. Descubrí que teníamos una impresionante potencialidad de creación en estos chavos. Ese es el origen de El Circo Volador, que se localiza en lo que antes fue el cine Francisco Villa.

“Y empezamos a valorar las cosas que mandaban los chavos. En lugar de preguntar sobre sus problemas, les decía: a ver chavos, si en este momento pudiéramos hacer lo más chingón, qué se les ocurre. Cuando jerarquizas esas ideas y les dices valen la pena, vamos a ver cómo le hacemos, tienes realmente un ejército de gente sumada, porque está en su tiempo libre, está echando desmadre, está haciendo lo que quiere y van a hacer cosas que son interesantes para ellos.

“Ese es el punto de arranque. Y no necesito hablarles de ciudadanía, ni de respeto, ni de autoestima. Esa se va construyendo automáticamente. Hemos construido un modelo capaz de ser replicado y funciona, ¡funciona!

“En Sinaloa, en Chiapas, en Monterrey, en el Distrito Federal nos ha funcionado. También en El Salvador. Tanto así que en 2004 el programa de la ONU Hábitat nos dio un premio por ser una de las diez prácticas sociales más exitosas del mundo, por su visión de replicabilidad que tiene.

“El problema en México es que no hemos logrado madurar un proyecto nacional, sólo existen tendencias de acuerdo con los intereses de ciertos grupos.

¿Qué pasó en Monterrey?

“Hace tres años nos llamaron de Nuevo León para meternos con las pandillas de Monterrey; me dijeron quiero saber cuántas hay y qué está pasando. Encontramos algo muy parecido a lo que habíamos encontrado en México 20 años atrás; un programa represivo por parte de la Secretaría de Seguridad Pública, con detenciones ilegales que, demostradamente, era un negocio de extorsión hacia los más pobres, hacia los jóvenes más pobres. La única política pública era represiva y de extorsión, con una policía corrupta.

“Nos metimos con los modelos de intervención y recuperamos una forma de organización propia desde los chavos, que nos hicieron celebrar en Monterrey en 2008 y 2009 el primero y el segundo festival de culturas urbanas.

“Pero esto no cambia la realidad de un año para otro. Es un programa preventivo que debe asentarse en los centros sociales, en los barrios, tiene que ser seguido por la comunidad.

“¿Qué pasó en Monterrey? Cambió la administración del Consejo de Desarrollo Social, lo transformaron en Secretaría de Desarrollo Social, se lo dieron al SNTE, quitaron todos los programas, metieron a maestros que no sabían nada de lo que se estaba haciendo, borraron todos los programas que estaban funcionando y dejaron otra vez a los chavos.

“De pronto aparecieron los tapados y las cosas que están sucediendo ahora, cosas que nosotros habíamos identificado. Les dijimos que en todos los tianguis tienen presencia de Los Zetas, lo descubrí comprando unos discos piratas de música colombiana”, relató Héctor Castillo Berthier, quien se mantiene empeñado en echar a andar programas que conviertan zonas violentas en áreas de paz, como ha ocurrido con una conocida como La Marranera, en la delegación Iztacalco.

Justifican la extinción de LFC con una falacia, dice Taibo II

Si la empresa no funciona, corres al gerente, no a los trabajadores

Del podrido corazón de la tv emerge la campaña contra el SME

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Humberto Montes de Oca, Paco Ignacio Taibo II y Martín Esparza, durante el foro internacional de la cuarta Conferencia Sindical en el auditorio del SMEFoto Yazmín Ortega Cortés
Carolina Gómez Mena
Periódico La Jornada
Domingo 5 de septiembre de 2010, p. 7

El Ejecutivo federal ha intentado justificar la extinción de Luz y Fuerza del Centro (LFC) con base en una de las falacias gubernamentales más hijas de la chingada que se han planteado en México, porque si tú tienes una empresa que consideras que no funciona, corres al gerente, no a 44 mil trabajadores, destacó el escritor e historiador Paco Ignacio Taibo II, quien refirió que la lucha que ha dado el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) es admirable.

Entrevistado al concluir su ponencia El magonismo ayer y hoy, realizada durante el segundo día de trabajos del foro internacional de la cuarta Conferencia Sindical, organizado por el Centro de Investigación Laboral y Asesoría Sindical (CILAS), el novelista criticó el cinismo del gobierno en la destrucción de un pilar del sindicalismo democrático en nombre de la ineficiencia de una empresa, ¡eso es increíble!

Lamentó la campaña televisiva y mediática desplegada para descalificar a los trabajadores electricistas y señaló que esto emerge del fondo de su pinche podrido corazón. Subrayó que detrás de la extinción de la paraestatal hay intereses comerciales. A los hechos me remito, están entregando toda la estructura de la fibra óptica y las innovaciones eléctricas a compañías trasnacionales.

Precisó que ante la ofensiva gubernamental contra el sindicalismo, la opción es librarnos del gobierno calderonista, tenemos que abrir un inmenso y amplio frente que permita la reconstrucción de las libertades y el sindicalismo democráticos.

Más muertos que en Irak

Para esto es “fundamental la unión de los trabajadores, los lecheros, los que van caminando, los desposeídos, los madreados, los ninguneados, las clases medias ilustradas y cuanto güey quiera colaborar. Ha llegado el momento en que las diferencias no importan y lo que verdaderamente cuenta es lo que nos unifica; vivimos en un país que es llevado al desastre y a la locura; la guerra contra el narco de Calderón es un momento de delirio que vive la nación y que ha costado más muertos que la guerra de Irak”.

Minutos antes, durante su ponencia remarcó la necesidad de fomentar un elemento primordial del magonismo: la organización desde las bases. Luego de hacer un repaso histórico del magonismo y sus protagonistas, de la CGT y el anarcosindicalismo, llamó a retomar las experiencias históricas del movimiento obrero mexicano.

Vengo a invitarlos a que le entremos, ya es hora de que Ricardo (Flores Magón) regrese para el diseño de un nuevo país, para que salgamos del pestífero charco de mierda en el que estamos.

Comentó que la historia, sus protagonistas e ideales siempre acompañan las luchas por mejores condiciones. Cuando caminamos en la lucha política no lo hacemos solos, estamos rodeados de sombras que nos fortalecen. Cuando salgo a la calle en la mañana, mi general Pancho Villa me está esperando en la puerta, y me dice ¡qué pinches horas son éstas de levantarte!, si no, estaría solo frente al Fondo Monetario Internacional y sus mamadas.

Paco Ignacio Taiblo II habló también de la importancia de la formación intelectual de la clase obrera; como lo consideraba el magonismo que planteaba que obrero que no lee, no merece ser llamado obrero, y el escritor le agregó: tal vez merece ser obrero, pero de fábrica pinche, con sindicato pinche y patrón culero.

Martín Esparza Flores, líder del SME, insistió en que LFC no estaba en números rojos. En el mundo, ninguna empresa eléctrica quiebra, nadie puede prescindir de la electricidad.

Agregó que en el país todos los organismos públicos descentralizados están administrados por una junta de gobierno para evitar que quiebren, porque son estratégicos, y sólo cuando esto no funciona interviene el Ejecutivo, pero todo eso se lo saltaron, nunca hubo una reunión de la junta para decir que estaba quebrada.

Denunció también que esto no puede haber sucedido porque el acuerdo de productividad se había cumplido al 93.5 por ciento y criticó que los documentos del diagnóstico financiero de LFC estén reservados por 12 años.