8 de marzo de 2013

En la muerte de Hugo Chávez

Publicado en Segunda Cita
                                             por Guillermo Rodríguez Rivera
 
En Cuba, como una suerte de conjuro verbal contra la muerte de alguien que queremos, suele llamársele “desaparición física”, como si las palabras pudieran deshacer la realidad que se ha plantado brutalmente ante nosotros.
El líder de la Revolución Bolivariana ya no está, y por mucho que intentemos volver la cara, mirar hacia otro lado, nos falta una de esas fuerzas que, como dijo el poeta recreando la voz del Libertador, despierta “cada doscientos años, cuando despierta el pueblo”.
La verdad es que son esos hombres los que también despiertan el pueblo.
Cuando estuve por primera vez en Venezuela, en la primavera de 1992, para asistir en Mérida a la conmemoración del centenario de César Vallejo, acababa de producirse la insurrección armada que, contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, protagonizaron jóvenes militares bajo el liderazgo de un desconocido oficial llamado Hugo Chávez. Tres años antes había ocurrido el “caracazo”: los pobres que habitan los llamados cerritos que rodean y casi sitian a la capital venezolana, bajaron a expresar su desesperación y su ira en la ciudad de los ricos. En el país que era uno de los mayores productores y exportadores petroleros del mundo, se había incrementado el precio nacional de la gasolina y ello, en lo que suele conocerse como “efecto dominó”, le había encarecido al pueblo todas las esferas de la vida.
Los pobres bajaron, como instintivamente a destruir la polis del dinero, a saquear sus mercados, y las fuerzas del gobierno mataron a mansalva a miles de caraqueños pobres.
En Mérida, una abogada de izquierda me pidió que fuera a la cárcel de la ciudad a leer unos poemas para varios chavistas que allí guardaban prisión. Allí fui, aunque nunca supe –no los sé– los nombres de los presos que me escucharon.
Más de un año después salían de sus prisiones los jóvenes militares insurrectos y, desde La Habana alguien invitaba a Hugo Chávez a visitarla. Vino a Cuba, que hacía treinta años practicaba una insurrección continental y cuya prisión había sido el riguroso aislamiento al que quisieron y pudieron condenarla. En la cárcel, acaso desde antes y claro que después, Hugo Chávez quiso charlar, compartir, consultar con el hombre que había desafiado –y vencido– los mismos poderes que él enfrentó en Caracas, que él también se lanzó a enfrentar con las armas.
Chavez comprendió que, si en un momento la lucha de los pobres pasó de las huelgas obreras a las batallas de los guerrilleros, ahora estaba llegando la batalla en loa comicios: el pueblo se disponía a  asaltar las mismas urnas electorales con que los partidos burgueses lo habían oprimido siempre.
Los dos grandes partidos del orden capitalista venezolano –adecos y copeianos– avizoraron que una fuerza distinta había entrado en la pelea en las elecciones presidenciales de 1998. Tan claro lo vieron, que decidieron unirse contra el insólito candidato que estaba llegando para arrasar el viejo orden que ellos se habían construido y del que vivían. Perdieron esas elecciones sin dejar lugar a la menor duda.
  
Desde entonces, desde ese ya lejano 1999, la entrada en el siglo XXI estuvo marcada por un inesperado resurgir de América Latina.
Chávez no ha sido solo el resurgir bolivariano de Venezuela sino que, apegado al Libertador, Hugo Chávez ha sido el impulsor de la siempre soñada y nunca conseguida unidad de nuestra América. Proyectos como el ALBA, UNASUR, CELAC y la ampliación del MERCOSUR, devinieron realidades por el extraordinario liderazgo de Hugo Chávez.
Las llamadas democracias occidentales, en las que el voto de los ciudadanos ha sido secuestrado por la riqueza, lo satanizaron a su gusto: lo llamaron golpista, dictador, autoritario, populista. No sabían bien qué hacer con él: mucho menos –porque el dinero sí lo respetan– siendo el presidente de una potencia petrolera.
Chávez nunca hizo nada para complacerlos: tenía como referente a la Revolución Cubana; cuando quería, cantaba en sus discursos; decía que la tribuna por la que acababa de pasar el reverenciado George W. Bush, olía a azufre; le puso muy barato el petróleo a los pueblos más pobres del continente y, encima de eso, ganaba todas las más de una decena de elecciones presidenciales en las que aspiró.
No dejó de ser nunca el llanero de la Sabaneta de Barinas en la que nació. ¿Cómo iban a quererlo Cameron, Rajoy y Sarkozy? Ni falta que le hacía a Hugo Chávez. Lo querían, lo quieren, lo querrán los pueblos de América.