8 de julio de 2012

1988, 2006, 2012 ¿No son prueba suficiente?


Publicado en La Jornada /Foto: El Clarinete
Guillermo Almeyra

Estas no fueron elecciones reales, sino una farsa, un fraude, como en 1988 contra Cuauhtémoc Cárdenas y en 2006 contra Andrés Manuel López Obrador. El fraude masivo y refinado lo prepararon desde 2006, para reafirmar la cláusula ad excludendum: hay gente con que no y no, pues no. El recuento, ¡oh sorpresa! sólo va a modificar algo los porcentajes, pero el IFE le va a responder a Morena: ¡les siguen ganando, les siguen llevando un jopo de diferencia, ¡lástima Margarito!

Después de haber encaminado todas las luchas durante seis largos años por la vía de las elecciones y las instituciones, mientras muchos advertíamos que eso era suicida; después de haber escogido un perfil muy conservador y moderado, en los debates, en las declaraciones, en la actividad; después de haber firmado hasta pactos de civilidad con los delincuentes e inciviles confesos y demostrados, ¿cómo puede un grupo dirigente arrancarse de los pies la bola autoimpuesta por años y llamar a una resistencia civil pacífica masiva en la que jamás creyó, que no preparó como alternativa y que, sin embargo, es lo único posible?

Si la campaña no hubiese estado tan lamentablemente centrada en las instituciones y el ambiente político, hubiera sido fácil comprender que –como escribimos interminablemente–, con sus recursos, sus 3 mil kilómetros de frontera, sus millones de ciudadanos en el vientre del monstruo, México es un problema interno de Estados Unidos, tal como la política estadunidense es parte esencial de la política interna mexicana. ¿Cómo los supuestos estrategas no vieron lo que es el ABC de la política en nuestro país? ¿Cómo no vieron que los nuevos golpes que da Washington son golpes de Estado con apariencia legal, incluso constitucional con mecánica parlamentaria, como en Honduras o en Paraguay, y que en México el golpe de Estado consiste precisamente en la elección legal de los sirvientes y yes-men mediante la aplicación de la cláusula ad excludendum (como Washington hizo durante décadas en Italia antes de que el Partido Comunista se suicidase por no poder renovar sus ideas y comprender los cambios sociales de la posguerra).

¿Cómo no ver que no se podía reproponer como nuevo el mero programa del nacionalismo revolucionario, que la mundialización había enterrado a fines de los 70, sin ver tampoco la necesidad de responder a las nuevas clases medias y a los movimientos populares urbanos resultantes de la concentración demográfica en las ciudades, al vaciamiento del campo, a la emigración masiva, a los cambios culturales introducidos por copiar a los estadunidenses el modelo de sociedad y cultura, a los cambios internos en las clases y en sus interrelaciones, y a las transformaciones en las capas dominantes?

Hoy no llega al poder, por ejemplo, el viejo PRI, el dinosaurio, llega el moderno grupo delincuencial de Atlacomulco, ligado con el capital financiero y su bandera es clarísima y capitalista de choque, pues plantea acabar con lo que queda de Pemex, estatizar la empresa, modificar la Ley Federal del Trabajo para reducir aún más los salarios reales, transformar la tierra en mercancía…

La tercera derrota pasiva de lo que quedaba del nacionalismo revolucionario tras todas sus modificaciones es un golpe durísimo a la futura continuidad de AMLO como líder político. No sólo porque ha perdido credibilidad como tal, sino sobre todo porque ésta ya no es época de líderes, sino de movimientos de masa autorganizados, como fue la Bola en su momento y empieza a ser hoy #YoSoy132.

Esos movimientos son más sanos, limpios, pluralistas, creíbles y flexibles, y su inmadurez se corregirá en la lucha, en la que seleccionarán teóricos y líderes tácticos. AMLO, en cambio, tuvo que contar con el abrazo de los caínes y los judas, quienes lo apoyaban para ser parlamentarios o gobernadores, para controlarlo y hasta para que fracasase, de modo de dejarles el camino libre. No desaparecerán los políticos como Ebrard o Camacho o los chuchos, pero lo que sí desaparecerá será la posibilidad de un nuevo bloque nacionalista revolucionario a la vieja usanza, como el que imperó desde 1920 hasta 1980. O sea un movimiento popular, con veleidades nacionalistas, que extraía su legitimidad histórica del pacto entre los campesinos, los trabajadores y el Estado, y de la usurpación por parte de los dirigentes de éste de la revolución hecha por aquéllos.

México hoy se latinoamericaniza y dejó detrás de sí la peculiaridad de haber tenido una revolución social de masas en el siglo XX y su Estado omnipresente pasó a ser hoy un semiestado. El movimiento popular, que con Villa y Zapata infligió una derrota a la oligarquía ligada al capital financiero internacional, debe enfrentar hoy la reconstitución de la misma, pero cuando Estados Unidos ha adquirido un peso enorme que antes no tenía, cuando las clases dominantes mexicanas forman parte del establishment estadunidense, cuando ya no existe la atracción del socialismo y cuando los trabajadores están profundamente debilitados. La tarea es por tanto enorme, pero –cerrado a cuatro llaves el campo de los intentos de soluciones legales– al México profundo de siempre no le sigue quedando otra salida que la resistencia popular pacífica, prolongada y masiva.

La burguesía está dividida porque una parte de la misma está amenazada por la corrupción y el narcotráfico y por eso apoyó a AMLO. Las clases medias también, porque nadie en su sano juicio puede pensar en que su hijo haga carrera en un país que se hunde. Eso se discute también en las familias de los militares honestos. El Estado, con su corrupción y sus fraudes electorales, no tiene legitimidad ni el monopolio del poder de las armas.

Si AMLO declara nulas las elecciones salvo en el DF y Morelos, donde el fraude fue muy menor, y se lanza una campaña de autorganización y resistencia civil con huelga nacional, México aún puede cambiar. Es hora de cruzar el Rubicón.

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